Lázaro alias Avizor
18-03-2006 15:45:09
Esta noche todos los coches circulan con luces largas. Esta noche todos los viajeros tienen algo que ocultarse, y quizás no se trate sino del mismo motivo que les ha impulsado a lanzarse a la carretera bajo esta cúpula de ónice esmerilado. Nosotros avanzamos con las ventanillas bajadas y en la radio una canción de The Christians te retrae a un momento del pasado del que estás harta de huir. Las líneas discontínuas del asfalto surcan sin pena ni gloria tu retina y, como tantas otras veces, cuánto desearías poder estar volando...
La velocidad a la que nos desplazamos no logra hacerme olvidar que hay veces en que uno llega demasiado tarde al momento apropiado. Que hay veces, también, en que un silencio que dura demasiado ya nunca puede romperse. Pero también hay certezas que no pueden comunicarse. Avanzamos sumidos en la maraña del sonido del motor hacia una línea de pensamiento imprecisa y sin embargo predecible, en la que tras cada paso que damos nos esforzamos en dilucidar el motivo que nos impulsó a darlo. Venimos los dos de un pasado en el que nunca hemos estado y al contemplar tus manos, tu mirada perdida en la negrura remota del silencio, con horror voy descubriendo que construimos un sendero hacia un destino que tal vez nunca alcancemos.
El ruido de la arboleda se augura una sentencia eterna que fustiga mi indolencia. Sólo tus manos parecen esforzarse en añadir algo a todo lo que ya hemos sido, pero no sé si apenas puedo entender lo que dicen. Apenas un murmullo al deslizarse sobre la superficie rugosa del volante, una evasiva o tal vez un tímido resquicio de aprobación. Quién sabe. Tus manos arañan el pavimento bajo el que día tras día he ido enterrando los recuerdos de los que he intentado desprenderme, los mismos que día tras día me esfuerzo en volver a olvidar, y ya no se muy bien a qué lado del túmulo ubicarlas, si portan la lanza del caballero o son las garras del dragón. Cómo hacerte entender, cómo persuadirte a ti si incluso yo desconfío, si el dolor es tan intenso que ya no soy capaz de sentirlo... Cómo decirte que construí una burbuja y que me convertí en ella: tan frágil, tan inestable... Y sin embargo, estoy completamente seguro, sabes que sabría decir adiós sin pronunciar palabra. En mi pensamiento, sin pasión, voy fraguando mi reflejo y queda impreso; en algún momento aprendí a no ser feliz sin titubear, a arrancar cada palabra del fondo de un sumidero, a entender que el horizonte no existe y que esta conclusión no conduce sino al abismo, a vivir en perenne lucha a sabiendas que al luchar uno se expone a la derrota y que ésta siempre es paulatina.
Pero tú no dices nada, estás sola e inasible bogando en el meridiano de otro punto de inflexión. Sólo tus manos se pronuncian en susurros como si a través de ellas pensaras en voz alta. Y yo estoy en ellas, una pequeña muesca en cualquiera de sus líneas como algo que germinó y que creció, que nos cubrió y que hubiera podido ampararnos si ambos no nos hubiéramos obcecado en temer que pudiera sepultarnos. Estoy en ellas en cada curva, o al sentirte acelerar. Estoy en ellas cuando quisieran ser alas, cuando quisieras volar... Y vuelas. ¿O no lo sabes? De qué otra forma iba a poder yo encontrarme de ti tan lejos estando justamente al lado.
Tu propia burbuja, tu mundo, el modo en que tratas día tras día de llegar a las mismas conclusiones para no sentirte intrusa, la forma no tan particular que eliges para justificar cada atisbo de desolación. Tus pupilas al contraerse cuando el coche que se acerca de frente no pone la luz de cruce y la conciencia súbita de lo que significa eso para ambos: que avanzamos con las luces apagadas, a imagen del corazón.
La velocidad a la que nos desplazamos no logra hacerme olvidar que hay veces en que uno llega demasiado tarde al momento apropiado. Que hay veces, también, en que un silencio que dura demasiado ya nunca puede romperse. Pero también hay certezas que no pueden comunicarse. Avanzamos sumidos en la maraña del sonido del motor hacia una línea de pensamiento imprecisa y sin embargo predecible, en la que tras cada paso que damos nos esforzamos en dilucidar el motivo que nos impulsó a darlo. Venimos los dos de un pasado en el que nunca hemos estado y al contemplar tus manos, tu mirada perdida en la negrura remota del silencio, con horror voy descubriendo que construimos un sendero hacia un destino que tal vez nunca alcancemos.
El ruido de la arboleda se augura una sentencia eterna que fustiga mi indolencia. Sólo tus manos parecen esforzarse en añadir algo a todo lo que ya hemos sido, pero no sé si apenas puedo entender lo que dicen. Apenas un murmullo al deslizarse sobre la superficie rugosa del volante, una evasiva o tal vez un tímido resquicio de aprobación. Quién sabe. Tus manos arañan el pavimento bajo el que día tras día he ido enterrando los recuerdos de los que he intentado desprenderme, los mismos que día tras día me esfuerzo en volver a olvidar, y ya no se muy bien a qué lado del túmulo ubicarlas, si portan la lanza del caballero o son las garras del dragón. Cómo hacerte entender, cómo persuadirte a ti si incluso yo desconfío, si el dolor es tan intenso que ya no soy capaz de sentirlo... Cómo decirte que construí una burbuja y que me convertí en ella: tan frágil, tan inestable... Y sin embargo, estoy completamente seguro, sabes que sabría decir adiós sin pronunciar palabra. En mi pensamiento, sin pasión, voy fraguando mi reflejo y queda impreso; en algún momento aprendí a no ser feliz sin titubear, a arrancar cada palabra del fondo de un sumidero, a entender que el horizonte no existe y que esta conclusión no conduce sino al abismo, a vivir en perenne lucha a sabiendas que al luchar uno se expone a la derrota y que ésta siempre es paulatina.
Pero tú no dices nada, estás sola e inasible bogando en el meridiano de otro punto de inflexión. Sólo tus manos se pronuncian en susurros como si a través de ellas pensaras en voz alta. Y yo estoy en ellas, una pequeña muesca en cualquiera de sus líneas como algo que germinó y que creció, que nos cubrió y que hubiera podido ampararnos si ambos no nos hubiéramos obcecado en temer que pudiera sepultarnos. Estoy en ellas en cada curva, o al sentirte acelerar. Estoy en ellas cuando quisieran ser alas, cuando quisieras volar... Y vuelas. ¿O no lo sabes? De qué otra forma iba a poder yo encontrarme de ti tan lejos estando justamente al lado.
Tu propia burbuja, tu mundo, el modo en que tratas día tras día de llegar a las mismas conclusiones para no sentirte intrusa, la forma no tan particular que eliges para justificar cada atisbo de desolación. Tus pupilas al contraerse cuando el coche que se acerca de frente no pone la luz de cruce y la conciencia súbita de lo que significa eso para ambos: que avanzamos con las luces apagadas, a imagen del corazón.
Huellas de lincemiope 11 Comentario(s) & 0 Referencia(s)


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